
Esta breve reseña esta dirigida a todos los mendrugos que siguen asociando el nombre de Emmylou Harris al country más puro. Debo reconocerlo: yo mismo lo hacía hasta hace bien poco, y he de añadir que, si me acerqué a los a los discos de su primera etapa –via Gram Parsons, Neil Young y The Band–, fue buscando precisamente eso, un purismo que, para mi sorpresa, se hallaba sólo en la ignorancia. Y puede que también en el prejuicio.
Al grano: llevo unas semanas sin poder dejar de escuchar el asombroso Pieces of the Sky, el disco que la Harris publicó en 1975. Diossss, ¡qué puta maravilla! Cierto, en él hay country, por supuesto, pero también folk, y pop, y rock, y unas canciones de belleza inapelable que convierten cualquier etiqueta en un atajo burdo que no conduce más que a la sordera.
Para empezar: Harris es una cantante excepcional, eso ya lo sabíamos, pero merece la pena detenerse a escuchar con calma los infinitos matices de su voz: una voz cristalina y llena de alma, una especie de paradigma de la femineidad, que la menda modula con suma elegancia, fraseando con una meditada expresividad, a la vez contenida y emocionante: el resultado es que Harris proporciona una hondura conmovedora a unas canciones que, por lo demás, no dejan de ser aparentemente livianas, de obedecer a los mandamientos de la música popular. En suma: una cantante fuera de serie, una titi que se pone a piar y te hace pensar en un ángel. En un ángel hembra. En una hembra yankee.
Todo ello supo apreciarlo, sin duda, Brian Ahern, el productor, que aparcó sus estudios móviles –el Enactron Truck– delante de una mansión hortera de Los Angeles y se instaló en ella con unos músicos de la rehostia, entre los cuales hay que destacar a Glen D. Hardin, miembro de la banda de Elvis Presley –ahí es ná– que aquí se encarga, con exquisito gusto, del piano, los teclados y los arreglos de cuerda. El resultado es un sonido límpido y majestuoso que le sienta como un guante a la voz celestial de Emmylou. Por lo demás, el elepé es verdaderamente ecléctico: cosmic country rock a lo Flyin’ Burrito Bros. pero más aseadito (Bluebird Wine), lecturas sentidas de los Beatles (For no one), temas decididamente folk (Before believing), baladas pop dedicadas al desamor de estremecedora sencillez (acojonantemente certera la pieza de Billy Sherill titulada Too far gone, una de esas uniones perfectas entre letra y música)... Todos los temas son prestados menos uno, Boulder to Birmingham, co-escrito entre Harris y su compinche Bill Danoff: para mí, la cima del disco: un baladón estremecedor de los que demuestran que la música pop puede llegar, cuando se da con la fórmula, a cotas sublimes; al parecer Harris escribió la canción en memoria de Gram Parsons, ex-chorbo y mentor de nuestra amiga que había fallecido sólo dos años antes; y bien sea por la autenticidad del sentimiento o por el dominio que posee Harris de su arte, la verdad es que la canción espeluzna y se acerca en profundidad a lo religioso, a un espiritual –eso sí, profano y blanco.
Total, que ya entiendo de dónde sale ese aura de diva que en ocasiones me había parecido percibir alrededor de la Harris: ni aura ni pollas en vinagre: Emmylou es, efectivamente, una diosa.
PD: Como siguió demostrando, sin ir más lejos, en su siguiente trabajo con Ahern, Elite Hotel, que pronto podrás ver reseñado en este tu blog favorito, chaval.
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