miércoles, 18 de junio de 2008

La celula madre.


Eddie & the Hot Rods fueron una de las bandas punteras de la nueva ola británica, más concretamente de aquel estilo de rock bluesero y melódico que dio en llamarse pub rock, y que tuvo su epicentro en el circuito de salas pequeñas del Londres fascinante de finales de los setenta. Estamos en plena efervescencia punk, y los grupos reaccionan contra el virtuosismo plasta y la incontinencia progre de los dinosaurios del rock sinfónico volviendo con urgencia a las canciones cortas, directas y sencillas.

Punk y New wave vinieron en un principio a decir algo parecido; los grupos que caían en el saco nuevaolero eran frescos y básicos, respondones e irreverentes, apostaban con decisión por la intrascendencia. Sus canciones, himnos tarareables y descreídos de tres minutos de duración, reclutaron a ejércitos de descontentos teenagers de la working-class británica, hordas acneicas de porvenir alienado que optaron por cantar, saltar y escupir en la cara de quienes les habían legado un mundo conformista y despiadado, una sociedad que apostaba decididamente por el capitalismo industrialista, un sistema que algunos de ellos, angelicos, se atrevieron a negar: NO FUTURE. Muchas de estas bandas cumplieron con el destino a que les encadenaba su falta de pretensiones y fueron flor de un lustro. Otras, las menos, abandonaron el estereotipo para buscar a través de su música caminos más expresivos y personales, caso de XTC o Squeeze, y tras unos años de suerte desigual, dando cabezazos en la pared de una atención pública menos que minoritaria, colgaron los instrumentos. Finalmente, hubo unos pocos que consiguieron –para regocijo de todos aquellos que amamos el pop de guitarras de hechuras clásicas y las píldoras melódicas de breve minutaje– hacerse un hueco en el pecho de esa bestia desalmada que es el mercado y continúan ahí, dándonos la brasa: Elvis Costello, Nick Lowe, Graham Parker... Con mayor o menor fortuna comercial, con los inevitables altibajos artísticos, pero todos ellos reputados intérpretes que han conseguido poner de acuerdo a crítica y público entendido. Pero, en este reducido mapa nuevaolero, ¿dónde colocamos al amigo Eddie y sus Hot Rods?

Modestos entre los modestos, Eddie & the Hot Rods protagonizaron sin embargo algunos de los momentos más brillantes de la Nueva Ola, etiqueta comodín que ellos decidieron entender a su manera, esto es: base punk rock, estribillos pop, fermento blues, una pócima simple y de sabor revisionista que les emparentaba con Dr. Feelgood o los poco recordados Inmates. En fin, un grupo como la copa de un pino que hacía música de la de toda la vida, bombeada desde el corazón con rabia adolescente, cuatro ruedas ardientes propulsadas a toda velocidad por el motor incombustible de un tipo con voz negroide y carisma de rock-star segundón. Y es que Barrie Masters, el vocalista de Eddie &..., pertenece a esa saga de irónicos front-men que lideraron con exquisitez proletaria y pose un tanto dandy la new wave, gente como Costello, Joe jackson o Ian Dury, tipos con cerebro que hacían música con las tripas y los tres acordes de siempre, proclamando a grito pelado y con algo de sorna eso que, con el tiempo, medio planeta se iba a cansar de canturrear a coro con Miguelito de los Labios Carnosos: “It’s only rock and roll, but I like it”.

Tras unos años dorados en que giraron incesantemente por las islas y publicaron sus mejores LP´s –especialmente Teenage Depression (76) y Life on the line (77)–, tras alcanzar un honroso 23 puesto en los charts con esa joya del pop de todos los tiempos que sigue siendo Do anything you wanna do, la banda comenzó a sufrir los embates de una larga permanencia en segunda división: poca atención mediática, traiciones y desplantes, excesos, deserciones, vueltas a empezar... Desaparecieron para sacar tímidamente de nuevo la cabeza a mediados de los ochenta, también durante los noventa, incluso publicaron un disco en el 2002 para volver de seguido a esfumarse... El consabido guadiana artístico que se ven abocados a reptar montones de formaciones desdeñosas de las modas, grupos que están más por la autenticidad que por la originalidad. Hombres y –algunas menos– mujeres que aportan al rock la dignidad de quién siente pasión por su oficio, poco dispuestos a darse importancia y empeñados en tocar y tocar, y en volver a sentir el subidón intenso del escenario en pequeñas salas de la periferia a cambio de tres perras flacas y una barra-libre de cerveza. No hay lugar tan siquiera para el escepticismo cuando se escoge un way of life que hace que los años pesen como losas y las guitarras como el plomo. Una manera de vivir que es, también y por fortuna, una adicción difícil de superar.

Esa adicción es la culpable de que treinta tacos después los Hot Rods sigan tropezando con la misma piedra, tras haber augurado Mr. Masters la enésima encarnación de la banda, la que el pasado dos de julio nos regaló dos horas y media de rock and roll del bueno en la madrileña sala El Sol. Dos horas y media durante las que pudimos disfrutar de cinco tipos sudando la camiseta, metiendo el alma entera en cada nota, en cada acorde. Barrie Masters, un viejales con el aura juvenil de quien se lo sigue pasando –si se me permite la ingenuidad del tópico– de puta madre con lo que hace, condujo con clase la doble tracción de la sección-rítmica y las guitarras, con la voz rota, alta y firme, en medio de bailes convulsos y con una sonrisa de lado en la boca ya desedentada que parecía reírse con sarcasmo de las cincuenta y pico primaveras de su autor. Se pueden poner peros, sí, los desmelenes metaleros de uno de los guitarras, por ejemplo, en verdad poco adecuados al alma pop de muchos de los temas, o los bíceps hardcore del batería, de acuerdo, pero también aciertos como ese bajista que hacía pensar en un Graham Maby beodo de pintas de cerveza negra. En cualquier caso lo que nos regalaron la otra noche a los asistentes esa panda de gañanes fue música de verdad, intensa, cuajada en cientos de bolos y sentida desde el pulgar del pie hasta la punta de la última cana de la greña. Algo de esperar cuando se cuenta con canciones tan rotundas como Teenage Depression o Do anything you wanna do, gemas atemporales que volvieron a brillar con todo su esplendor en la ajada garganta de Barrie, amen de un rosario de descargas de furia punk, temas ceñudos como un blues de los suburbios, estribillos deliciosos que se corearon birra en alto irreprimiblemente, canciones y más canciones, buenas canciones. Auténtico rock and roll, ese que sólo existe cuando suena en directo, en una pequeña sala, ese que nos hace sudar y llama en nosotros al adormecido hombre de las cavernas, esa música que Eddie & the Hots Rods ejecutaron con oficio y mala baba en El Sol para renovar la fe en una estilo –el rock– que en su vertiente más modesta y artesanal parece estar condenado a desaparecer, precisamente allí donde, de algún modo, pervive el sentimiento puro del que surgió todo, la tan cacareada “célula madre” que sin duda el quinteto británico supo fecundar. Los que asistimos al concierto volvimos a creer en la capacidad de esa música para hablarle al espíritu con bastante más autoridad que el mismito Benedicto XVI. El bolo, tremendo, finalizó con bises dedicados a los maestros –el ”Gloria” de Van Morrison, el “Satisfaction” estoniano, “Born to be Wild” de Steppenwolf–. Horas después pude cruzarme con Barrie Masters en un garito. Como un pelele, el que esto suscribe osó hacerse el graciosillo en su inglés amanchegado y le preguntó, evocando el título de su hit más conocido:

–And then, Barrie, after all this time, are you doing anything you wanna do?

–I can’t get no satisfaction –me contestó, mirándome de soslayo, pues había gachises en el horizonte– But I try.

Benditos sean los que, como Eddie & the Hot Rods, viven pudiendo decir que siguen intentándolo, que siguen empeñados en ganarle la partida a esta vida tan cochina y tan sombría. Con razón, sin razón o contra ella.

Los angeles si tienen sexo: este, sin ir mas lejos, es una titi.


Esta breve reseña esta dirigida a todos los mendrugos que siguen asociando el nombre de Emmylou Harris al country más puro. Debo reconocerlo: yo mismo lo hacía hasta hace bien poco, y he de añadir que, si me acerqué a los a los discos de su primera etapa –via Gram Parsons, Neil Young y The Band–, fue buscando precisamente eso, un purismo que, para mi sorpresa, se hallaba sólo en la ignorancia. Y puede que también en el prejuicio.

Al grano: llevo unas semanas sin poder dejar de escuchar el asombroso Pieces of the Sky, el disco que la Harris publicó en 1975. Diossss, ¡qué puta maravilla! Cierto, en él hay country, por supuesto, pero también folk, y pop, y rock, y unas canciones de belleza inapelable que convierten cualquier etiqueta en un atajo burdo que no conduce más que a la sordera.

Para empezar: Harris es una cantante excepcional, eso ya lo sabíamos, pero merece la pena detenerse a escuchar con calma los infinitos matices de su voz: una voz cristalina y llena de alma, una especie de paradigma de la femineidad, que la menda modula con suma elegancia, fraseando con una meditada expresividad, a la vez contenida y emocionante: el resultado es que Harris proporciona una hondura conmovedora a unas canciones que, por lo demás, no dejan de ser aparentemente livianas, de obedecer a los mandamientos de la música popular. En suma: una cantante fuera de serie, una titi que se pone a piar y te hace pensar en un ángel. En un ángel hembra. En una hembra yankee.

Todo ello supo apreciarlo, sin duda, Brian Ahern, el productor, que aparcó sus estudios móviles –el Enactron Truck– delante de una mansión hortera de Los Angeles y se instaló en ella con unos músicos de la rehostia, entre los cuales hay que destacar a Glen D. Hardin, miembro de la banda de Elvis Presley –ahí es ná– que aquí se encarga, con exquisito gusto, del piano, los teclados y los arreglos de cuerda. El resultado es un sonido límpido y majestuoso que le sienta como un guante a la voz celestial de Emmylou. Por lo demás, el elepé es verdaderamente ecléctico: cosmic country rock a lo Flyin’ Burrito Bros. pero más aseadito (Bluebird Wine), lecturas sentidas de los Beatles (For no one), temas decididamente folk (Before believing), baladas pop dedicadas al desamor de estremecedora sencillez (acojonantemente certera la pieza de Billy Sherill titulada Too far gone, una de esas uniones perfectas entre letra y música)... Todos los temas son prestados menos uno, Boulder to Birmingham, co-escrito entre Harris y su compinche Bill Danoff: para mí, la cima del disco: un baladón estremecedor de los que demuestran que la música pop puede llegar, cuando se da con la fórmula, a cotas sublimes; al parecer Harris escribió la canción en memoria de Gram Parsons, ex-chorbo y mentor de nuestra amiga que había fallecido sólo dos años antes; y bien sea por la autenticidad del sentimiento o por el dominio que posee Harris de su arte, la verdad es que la canción espeluzna y se acerca en profundidad a lo religioso, a un espiritual –eso sí, profano y blanco.

Total, que ya entiendo de dónde sale ese aura de diva que en ocasiones me había parecido percibir alrededor de la Harris: ni aura ni pollas en vinagre: Emmylou es, efectivamente, una diosa.

PD: Como siguió demostrando, sin ir más lejos, en su siguiente trabajo con Ahern, Elite Hotel, que pronto podrás ver reseñado en este tu blog favorito, chaval.